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Vicenç Altaió el último Casanova.

Abajo de sus sombreros y a lo largo de su coleta encontramos el Vicenç Altaió.  Yo Dessislava cuando entré en su casa llena de obras de arte de artistas como Alfredo Jaar, Muntadas, Llopis, Galdon, Hannah Collins, Perejaume, Amat, Benito, Fontcuberta, Brossa, Tàpies, Humberto Rivas, Colomer me quedé completamente enamorada en su mundo y su sensiblidad tan particular. Poeta, escritor, traficante de ideas, comisario de arte, ex director de Arts Santa Monica y Casanova en la película de Albert Serra História de la meva mort …, os presento un dibujo verbal de Vicenç Altaió.

Dessislava: ¿Quién es Vicenç Altaió?

Vicenç: Soy un escritor, poeta. Los poetas trabajan en una espiral interiorizada y hablan de lo que no saben. En cambio hacía fuera soy un traficante de ideas que trabaja con los otros. Intento construir una autobiografía colectiva sin sujeto.

D.: Mencionas la palabra traficante, la misma que aparece en el título de tu nuevo libro, recién publicado.

V.: Tengo digamos dos tipos de obra. Una, como he comentado, que es de poesía y la otra que es de investigación en prosa, memorias colectivas. El primer volumen justo se llama: Tráfico de ideas y es un dietario de los años 80 en la época de Paris y de los problemas típicos del momento. Luego hay otro libro de esta serie que se llama Escritura sin lanzadora, que son escritos sobre arte. En cambio después hay uno que aparece en una colección de filosofía que se llama La desconocida.

D.: ¿Cuándo viniste a Barcelona, Vicenç?

V.: Yo nací en un pueblo que se llama la Santa del Movimiento Perpetuo, en realidad Santa Perpetua de Moguda que está aquí al lado. Hoy forma parte de la gran Barcelona, en aquel momento era un pueblo rural. Vine a los siete años. Era hijo de unos pequeños fabricantes de textil y de unos pequeños fabricantes de alcohol, es decir del complejo de Novalis. Y vine a Barcelona desde los siete años a estudiar.

D.: ¿Qué estudiaste en la universidad?

V.: Yo en la universidad estuve hasta que tuve que hacer el servicio militar obligatorio, porque tenía descendentes políticos. Era un joven muy radical y revolucionario y por eso tuve que ir a hacer el servicio militar obligatorio. Estaba estudiando filología, pero mi interés era transversal. Dentro del lado de las humanidades me interesaba tanto la filología, los estudios de la lengua, como también la sociología o la historia.

D.: ¿Y dónde está el arte?

V.: Y el arte también. Yo no hago distinción entre leer y mirar o escribir y pintar. Por ejemplo, con un libro de poemas pretendo más hacer una escultura que trabajar en el campo bidimensional. Y por supuesto, no me interesa nada la poesía entendida como una ruptura del alma. Soy un investigador de la poesía y el lenguaje.

D.: ¿Cuándo fue tu primer contacto con el arte?

V.: Para mí fue muy interesante. Cuando tenía unos quince o dieciséis años iba al pueblo de al lado a visitar a un librero que también tenía objetos de arte. Este hombre era un ex cura y un gran lector del poeta Salvador Espriu. Había hecho un viaje a las tierras de la Biblia donde había bañado las obras completas del poeta Espriu. Él me lo demostró. El libro estaba totalmente rebregado, la humedad lo había fijado y estaba lleno de hongos y lo había convertido en un objeto. Yo creo que el primer objeto de arte que percibo como tal es un libro de poesía que no se puede abrir.

D.: Hoy en día, ¿cuál es el museo de arte que crees que está bien?

V.: Lo que está bien es la ciudad. Tengo que decirte que siempre me interesa el espacio a través de las fronteras y también tengo una curiosidad por la relación entre la ciencia y la cultura. Entonces si tuviese que hablarte de un lugar de infraestructura te hablaría de los laboratorios de ciencia que hay aquí en Barcelona, de ciencia de investigación.

D.: Hablando de fronteras…¿Dónde están las fronteras en el género? ¿Dónde puedes ubicar la teoría Queer que habla de una sexualidad siempre en construcción y no predeterminada por el sexo? Te pregunto todo eso para poder pasar al tema de Ocaña, de Jose Perez Ocaña…

V.: Una cosa es la sexualidad y otra la reproducción. Y otra es el género. La sexualidad se construye a través de movimiento. Es decir que el sexo no existe, sino que se construye. Por lo tanto el sexo tiene mucho que ver con la unidad y con la combinatoria. Esto sería la gran diferencia entre el amor y el erotismo. Si dejamos de lado la sexualidad y nos fijamos en el tema de la reproducción, vemos que es una de las resultantes donde ya no es necesario que haya sexo… Hoy puede haber reproducción sin sexo de la misma manera que hay sexo sin reproducción. Esto hasta hace muy poco no era así. Porque eran dos conceptos que iban totalmente ligados. Por lo tanto también el tema del género iba ligado con lo tal especia humana iba ligado a la reproducción, a la multiplicación propia y al instinto natural de guardar la memoria sabiendo que nos morimos. Yo creo que la identidad es también un sujeto múltiple que se construye a través de la voluntad y la libertad.

D.: ¿Conociste a Ocaña?

V.: Sí, sí…

D.: ¿Cómo le recuerdas?

V.: Ocaña era como un Dalí, pero Dalí convertía su gran inteligencia en cultura popular y en cambio Ocaña convertía la cultura popular en una forma de manifestación artística o de inteligencia estética. Se parecen mucho, pero cada uno viene de un sitio distinto y van a parar a dos sitios totalmente distintos.

D.: Interesante comparación, no se me había ocurrido jamás.

V.: Sí, porque en aquella época, en los años 70, nosotros vivíamos una revolución total. Era una revolución sin distinción entre la frontera del cuerpo, la frontera del nuevo colectivo, que es la historia y la política, y luego la frontera de las ideas. Son las tres revoluciones que ocurrían en un mismo momento dado. Y las tres iban juntas, pero unos priorizaban unas por encima de otras. Entonces yo pertenecía más bien a aquellos que pretendíamos que a través de una revolución estética se podía hacer una revolución total.

D.: ¿Quienes eran tus amigos de la época?

V.: Ahora están todos muertos.

D.: ¿Pertenecías al grupo de Alberto Cardín?

V.: No, no, no. Había dos tipos de amigos. Unos eran los que volvían del exilio, gente muy mayor como el poeta J.V.Foix, amigo de Miró y de Dalí. El poeta Foix salía de su exilio interior; otros volvían de un exilio voluntario como Palau i Fabre, el estudiosos de Artaud; y otros regresaban de un largo exilio derivado de la guerra civil, como el poeta Agustí Bartra o el novelista Artís Gener. Los otros eran en aquel momento gente de mi generación, escritores con los que hacía una revista de poesía que se llamaba Tarot de quinze y que fue una revista etiquetada en aquel momento dentro del neoformalismo y que rompió con toda la tradición del realismo que había en aquel momento.

D.: ¿Por qué se titulaba así?

V.: Tarot de quince, porque el número quince en las cartas del tarot es el diablo.

D.: Sí, sí practico mucho tarot.

V.: Por eso se llamaba Tarot de quinze. También porque la revista de vanguardia de los años 50 se llamaba Dau al set, que era el “Dado de siete”, que era el dado de las siete caras, también de los siete que no existen. También el tarot es parte del juego de cartas.

D.: ¿Consultas las cartas?

V.: Ahora no, pero en aquella época como pretendíamos romper las fronteras, todo lo que era la parte más irracional, la tradición de la alquimia, la astrología, el lado de la racionalidad, de la no razón…, las cartas las tiraba y las consultaba.

D.: Hablando de la ruptura de las fronteras, también se rompían la fronteras de las prácticas del sexo entre dos. El otro día en la Filmoteca vi una película que se titulaba L`orgía, tú practicabas orgías sexuales en esa época?

V.: Es la película de Bellmunt…

D.: Sí

V.: Orgía es una palabra que se le dio como forma de publicidad. Lo que yo soy es un libre pensador y en aquella época éramos unos libres practicantes, practicábamos el erotismo de una forma muy abierta.

D.: ¿Te acuerdas de algo curioso sobre Ocaña?

V.: Yo también en aquel momento era muy amigo de otro gran escritor que se llamaba Biel Mesquida. Acababa de publicar en aquel momento también en Barcelona. Él era de Mallorca, estudioso del campo de la biología. Y había publicado un célebre libro que se llamaba La adolescente de sal. Era un libro del multitextualismo, muy cercano a las corrientes francesas que había en aquel momento en el campo de la pintura y el textualismo. Es decir, yo estaba más cerca de la ruptura estética de una forma abierta pero participaba. Participé relativamente poco en la construcción de la cultura popular, en la cual estaba Ocaña

D.: Pero no tuviste un vínculo muy profundo.

V.: Para mi Ocaña era uno más de ese sistema polimórfico y muy diverso. Todos estábamos en el mismo sitio, pero las procedencias y las finalidades eran distintas. Yo en la estética artística estaba más cerca de John Cage y de los tardo conceptuales, que de la pintura expresionista e incluso naif que podían tener artistas del estilo de Ocañ, directamente relacionados con la cultural popular. Pero aun así, estábamos todos juntos: lo alto y lo bajo, lo popular y lo dandi o snob. Yo estaba más al lado del racionalismo higiénico.

D.: Y Jaime Gil de Biedma, ¿era amigo tuyo?

V.: Sí, también era otro de los conocidos del momento. Había dos poetas muy parecidos que eran Jaime Gil en castellano y Gabriel Ferrater en catalán. Cuando tenía diecisiete años organicé la última lectura de poemas de Gabriel Ferrater, un poco antes de suicidarse: Las mujeres y los días. Ellos eran de una escuela del realismo. Nosotros no, veníamos de la tradición de la ruptura. Estaba más cerca de Antonin Artaud que de Pablo Neruda.

D.: ¿Más elitistas, no?

V.: Sí, sí.

D.: ¿Existe un sitio donde te gusta esconderte?

V.: Antes me escondía siempre en una cala secreta en Cadaqués, donde voy mucho.

D.: ¿Tienes casa en Cadaqués?

V.: Sí. Pero tampoco me escondo, porque una vez me quedé totalmente sorprendido con una máxima de Boudelaire que hablaba del hombre moderno, que era aquel que solo podría estar solo en la multitud.

D.: ¿Cómo te parece el local Ocaña?