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Ricard Mas. Dibujado entre los matices de Dalí, Ultraviolet, los libros antiguos y dos amores imposibles.

Ricard Mas es una de las caras que se puede ver con frecuencia en Ocaña. El mismo vive en menos de veinticinco pasos del local. Eso ha facilitado el hecho de que mi protagonista ha convertido Ocaña  en “una habitación más de mi casa”, como el mismo dice. Es comisario de arte, historiador, periodista entre otras cosas. Muchos de sus proyectos han sido hablados y creados en el local. Os presento Ricard, adelante…

Dessislava: ¿Quién es Ricard Mas? Si tuvieses que autodescribirte ¿qué dirías sobre ti mismo?

Ricard: Ocho cosas. 33881237Y.

D.: ¿Qué quiere decir?

R.: El número de mi documento nacional de identidad.

D.: ¿Quién está detrás de este número?

R.: Alguien que espera. No hay nada más. Yo soy el niño que miraba por la ventana.

D.: ¿Cuántas de las cosas que has esperado han venido? ¿Qué falta por venir?

R.: Cuando una cosa te llega la olvidas. Es como cuando tienes hambre. Comes y se te olvida que exista el hambre. Yo estoy siempre esperando. Mi gran ilusión cada mañana es bajar al buzón a ver qué cartas han llegado. Mirar mi correo a ver que mails tengo. Si tengo una reunión pues esperar a la reunión. Siempre estoy echando de menos el mañana. El ayer para mí es puro material de trabajo porque soy historiador.

D.: Esto me acuerda tanto de la novela de García Márquez El amor en los tiempos del cólera

R.: Una gran novela que no he leído.

D.: Él esperaba su gran amor, año tras año, situado al lado de un faro mirando las olas.

R.: Yo me he pasado medio vida esperando a dos amores imposibles. Y en estos momentos no me queda esperanza para más.

D.: Vamos a hablar de tu trabajo que es algo que me interesa más que tus amores. Has estudiado Historia del Arte en la Universidad Autónoma de Barcelona. ¿Cómo elegiste la carrera?

R.: Todo tiene que ver con que mi madre es peluquera.

D.: Aparte tu segundo apellido es Peinado.

R.: Sí. Ricard Mas Peinado y mi madre Dolors Peinado es peluquera. Cuando nació mi hermano pequeño mi madre cerró la peluquería. Mi padre ganaba lo suficiente como para que ella pudiera solo dedicarse a sus hijos. Mi madre guardó dos secadores de los años 60, de estos con sofá, casco…

D.: Qué bonito.

R.: Hermosísimos. Uno lo puso en casa y el otro en el piso de la playa. Y entonces a mí me sucedió una cosa muy extraña: siempre después de bañarme, porque en esta época la gente se bañaba no se duchaba, mi madre me ponía una redecilla y nos secábamos el pelo en el secador de peluquería. El problema era que cuando yo me encerraba con el secador siempre apagaba las luces y no había forma de sacarme del secador. Una cosa muy curiosa. Entonces cuando yo llegué al curso antes de la universidad, quería hacer periodismo y escogí como asignaturas alternativas griego y latín. Para latín éramos cuatro personas pero para el griego no había nadie más y me dijeron que no podía hacer griego y entonces me apuntaron automáticamente a clase de historia del arte. Nunca me había interesado el arte. Y desde el primer día me senté al lado del proyector de dispositivas. Era una habitación oscura al lado de un ventilador que disparaba aire caliente. Y yo dije: joder, esto es el secador de mi casa, esto es una maravilla. Y eso es un poco la teoría de la caverna de Platón. Más adelante me dije: yo quiero más. ¿Qué es más? Pasarte cada día de la semana a oscuras con un ventilador al lado disparando aire caliente e imágenes. Y tenía que hacer la carrera entera. Cuando estaba haciendo la carrera, dándole vueltas al asunto, descubrí una cosa muy importante. Que es que mi madre cuando estuvo embarazada de mí trabajó hasta el último día. Y el único sonido que yo percibí durante la mayor parte del tiempo era el del secador. Por eso yo me encerraba con el secador automáticamente apagaba la luz y volvía a una cosa que existe aunque la gente no sea consiente: el pensamiento sin lenguaje.

Porque el lenguaje lo aprendemos cuando nacemos. Lo heredamos. Hay una parte genética pero básicamente se articula por transmisión. Pero existe un pensamiento sin lenguaje. Yo conseguí unir este pensamiento sin lenguaje prenatal con el arte. Con lo que yo tenía una relación acultural con el arte. Una visión que yo creo que poca gente más tiene, que es muy difícil de explicar. Pero lo que yo siento delante del arte es algo que me conecta con mi ser antes de nacer.  Y por lo tanto es una experiencia más allá de lo físico y de lo perceptivo. Por esta estúpida razón, porque mi madre era peluquera, acabé llegando a la “mística del secador”.

D.: ¿Dónde te sitúas en esta mística? Eres comisario de exposiciones de arte contemporáneo pero sé que también estás muy interesado en el arte medieval. ¿Cierto?

R.: Yo considero que soy un creador. Hay muchos niveles de creaciones. Hay grandes creaciones y creaciones de mierda. Yo no voy a entrar en detalles sobre qué tipo de creador soy. Cada vez que escribes, que cuentas algo, puedes contarlo bien o puedes contarlo mal, pero estás creando. Entonces la historia del arte es creatividad sobre la creatividad. Y hay gustos que te hablan más directamente que otros. El arte medieval me interesa mucho. El arte contemporáneo y especialmente las vanguardias históricas. Me interesa también el arte clásico de Grecia y Roma. Pero también me interesan cosas muy concretas del arte como fenómenos como la falsificación o el mercado.

D.: Hablando de estos temas, has trabajado varios años como director técnico de subasta.

R.: Sí, dirigí como cuatro años una subasta de libros antiguos. Fue una locura. Yo siempre he tenido un amor especial por el papel. Y mi maestro Rafael Santos Torroella me enseñó a amar los libros antiguos. Él tenía una biblioteca de más de treinta mil volúmenes. En realidad eran unos catorce mil pero él decía que eran unos treinta mil. Una exageración muy común…

D.: ¿Tú cuántos tienes?

R.: Yo voy por los cinco mil contados. Porque están todos fichados. Y aprendí a amar los libros, revistas y manifiestos de las vanguardias históricas. Entre finales del siglo XIX y los años 40. Y entonces hubo un momento en que necesité un trabajo y sabía tanto de libros que la única casa de subasta de libros que había en Barcelona y en España, Soler y Llach me contrató para dirigir la subasta. El problema es que era un trabajo muy intenso y muy poco creativo porque era simplemente valorar y fichar libros. Y hacer todo el proceso de la subasta. Y en estos casi cuatro años fiché unos veintiséis mil libros. Se puede verificar muy fácilmente porque hay que sumar solo los libros de todos los catálogos que subasté. No tiene más truco. Cuando tú has fichado veintiséis mil libros en casi cuatro años acabas un poco harto. Piensa que todos los temas han pasado por mis manos. Una de las cosas que me interesaba mucho es que la gente se deja cosas dentro de los libros. Y esas cosas son cápsulas del tiempo que pueden viajar doscientos años o trescientos. Páginas de calendario, una flor…

D.: ¿Qué es lo más curioso que encontraste en un libro?

R.: Naipes del s. XVIII, cartas de emigrantes, poemillas, pequeñas publicidades… He encontrado cosas de todo tipo. Luego están los eufemismos para describir un libro. Cuando se dice “manchas humedad margen superior” por ejemplo lo que están diciendo finamente es que en algún momento en aquella biblioteca pasópor encima una rata y se orinó. “Ejemplar ligeramente mareado”es que había mucha humedad y ha quedado como unas patatas chips.. Luego, por ejemplo, me trajeron a la subasta toda la colección de las cartas del general Prim a su madre. He tocado las cosas más surrealistas. Cartas del Rey Fernando el Católico para que le paguen su sueldo al señor que le cuidaba los leones. Cosas realmente fantásticas. Un sobre con pelos del general Prim. Yo creo que entre estos libros debe haber alguna enfermedad del s. XVIII que un día alguien pillará pasando páginas. Mi oficio consistía en tocar mierda secular.

D.: ¿Qué tipo de gente compra libros antiguos? ¿Es la misma gente que colecciona arte?

R.: No. El comprador de libros antiguos es una persona que se guía por temas. Por ejemplo el que compra poesía española de una época en concreto. Un señor que sólo compra libros de Tarragona. Otro señor que compra libros sobre Napoleón. Sobre música o sobre cocina. Por ejemplo los más valorados son los libros sobre la caza. Porque para cazar necesitas mucho dinero: los perros, el permiso, las escopetas. La gente que caza tiene dinero.

D.: ¿De qué cantidades hablamos?

R.: Los libros son baratos. Puedes comprar uno de los mejores libros del mundo como por ejemplo una primera edición del Quijote o un libro con grabados brutales, piezas dignas de museo por cincuenta mil euros. Aunque por mil euros se pueden conseguir ahora mismo increíbles grabados en ediciones incunables (de antes del año 1500). Y ahora dime tú: ¿qué te vas a comprar en una galería de arte por cien mil euros? Me refiero a una pieza que puede estar en un museo. En este sentido el libro es barato.

D.: Mencionaste en un momento la palabra surrealista. Y eres especialista del gran figura del Surrealismo que es Salvador Dalí.

R.: A mí no me gustaba Dalí. No me interesaba. Me parecía que era un payaso. Una persona histriónica. Luego murió Dalí y empezaron hablar de él. Yo empecé a trabajar con Rafael Santos Torroella en noviembre de 1990 y él era la persona que sabía más de Dalí del mundo. Y además en aquel momento él estaba investigando la relación entre Federico García Lorca, Dalí, Luis Buñuel y Pepín Bello en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Entonces empezamos una serie de tres libros, yo como ayudante de investigación. A partir de aquel momento empecé a estudiar el primer Dalí, su código genético. Y entonces descubrí que era uno de los pensadores más importantes del s. XX, más allá de que fuera artista. Y que toda su obra era maravillosa. Es una persona que siempre está repitiendo una serie de constantes porque era un ególatra y entendía el mundo solamente a través de su ser. Pero que nos revela verdades universales y ha aportado al pensamiento contemporáneo una serie de parámetros. En España a la gente no le gustaba Dalí. Y cuanto más te alejas y vas a Francia, Alemania, a Estados Unidos lo adoran. Y si vas a Rusia les encanta.

D.: Y en Bulgaria también.

R.: Seguro. Realmente Dalí es muy grande. Y aún así es una persona con grandes defectos.

D.: Para mí su defecto mayor fue traicionar a su amigo Lorca con Franco.

R.: No.

D.: ¿Cómo que no? ¿Quién fusiló a Lorca?

R.: Franquistas, no fue Franco. Era gente intransigente contra los homosexuales. Gente de Granada, envidiosa, que aprovecha un momento en que se fusila a todo quisqui mínimamente sospechoso. Dalí por otra parte no tenía fidelidades. Nunca. Era un superviviente. Ya te he dicho. No era perfecto. Era capaz de venderte en cualquier momento por dinero. Pero él no engañaba. Él ya lo decía: “yo no tengo amigos”.

D.: Escribiste un libro que se titula La vida pública de Salvador Dalí que es como una respuesta de La vida secreta de Salvador Dalí. Cuéntame ¿cómo se te ocurrió la idea?

R.: A veces leo escritos sobre artistas escritos por críticos de arte, por filósofos y me digo: no he entendido nada. Y luego resulta que leo una entrevista con el artista y el artista se explica hablando como una persona normal. Quería explorar de alguna manera el formato entrevista. Y entonces pensé que no sería mala idea que Dalí se explicara. Y que una persona que no comprendiera a Dalí pudiera entenderse a solas con el artista, sin intermediarios. Hice el libro muy rápido porque le conocía bien. Pero analicé como unas trescientas veinticinco entrevistas.

D.: Ahora te encuentro en Beijing, China ¿Qué estás haciendo aquí? Acabas de dar una conferencia sobre Gaudí…

R.: Sí, alguien que no está muy bien informado sobre mis especialidades me invitó a hablar de Gaudí. Y yo he hecho como en las películas de los hermanos Marx, donde Groucho siempre usurpaba por equivocación. Así que he venido a hablar de Gaudí.

D.: Hablando de películas ¿cuáles son tus referentes en el cine?

R.: Los hermanos Marx básicamente. Me sé los diálogos de sus películas de memoria. Y luego King Vidor, John Ford por supuesto… sin John Ford no hay cine. Y perdón Wagner. Yo digo que Wagner inventó el cine antes de que inventaran la cámara de cine. Para mí es uno de los mejores directores.

D.: En Barcelona frecuentas la ópera.

R.: Me invitan mucho a la ópera. Pero nunca he pagado por ir.

D.: Esto no suena muy bien.

R.: No tengo dinero. Prefiero que me inviten e ir que no me inviten y no ir.

D.: Estas preparando dos exposiciones para Arts Santa Mònica, ¿Cuál es el tema?

R.: Es una trilogía de exposiciones titulada genéricamente Cataluña Creativa y lo que intento hacer es abarcar la creatividad como un fenómeno muy amplio que sustituye a la artisticidad. Materializar el pálpito creativo de una época.

D.: Vamos a pasar al tema de la noche. Una vez me contaste que conociste a Ultraviolet.

R.: En un congreso sobre Dalí en el Museo de Arte en Filadelfia. Ultraviolet fue una de las musas de Dalí. Éste le presentó a Andy Warhol y pasó a ser musa de Warhol. Todo eso lo cuenta en su libro Famosa por quince minutos. Murió este junio. Cuando la conocí era ya una señora mayor, no era aquella loca jovencita francesa capaz de todo. Estaba dedicada a pintar ángeles.

D.: !Qué cambio!

R.: No, Dalí adoraba los ángeles. Y Andy Warhol era muy católico. Ella siempre iba vestida de violeta, con su nombre bordado. De elegancia versallesca pero muy humana y accesible. Y entonces apareció Amanda Lear. Nunca sabremos si antes había sido un hombre. Ella fue la musa de Dalí en los setenta. Y luego una cantante de música disco interesante hasta que se casó con un príncipe. Las conocí a las dos: una noche cenamos los tres en un restaurante surrealista porque toda la decoración tenía que ver con cosas de perros jugando a las cartas. El lavabo era para demócratas o republicanos en lugar de hombres y mujeres. Yo pensaba de qué van a hablar estas dos mujeres y toda la noche estuvieron discutiendo sobre el misterio católico de la Inmaculada Concepción. Hablando de alta teología con unos conocimientos y una cultura que yo me sentía idiota a su lado. Estas señoras eran unas sabias. Hasta a un obispo le sería difícil estar a su nivel.

D.: ¿Qué te parece el local Ocaña?

R.: Vivo a veinte metros de Ocaña. Es una habitación más de mi casa. Yo meriendo en Ocaña. Yo recibo mis visitas en Ocaña. Yo robo el wi-fi de Ocaña y yo ocaño en Ocaña. Y he conocido muchas de las personas más interesantes en mi vida en Ocaña.